Sobrevivir
"No existe la marcha atrás, nunca seré más joven que hoy"
Valentín Oliva - Caída Libre
Creo que la cualidad efímera de los momentos es traicionera. Cada vez que me encuentro en un punto tan alto, que pareciera no tener caída, me encuentro también con la constante presencia de la muerte, que me recuerda el final de todo, que me duele hasta el fondo del alma. De todas formas, aún no logro descifrar si es realmente la muerte o más bien, la ausencia, lo que asusta al subconsciente. La muerte, omnipresente idea a la que le hemos dado entidad y que ahora, por esa razón, se nos aparece en todas partes.
Constantemente enfrento el terror inmenso de perderme en la nada sin entender cómo; más aún, sufro de ansiedad al pensar que podría dolerme el cuerpo antes de partir. Me imagino el momento trágico de perder el aire, la desesperación humana de no poder recuperarlo... quizá si tuviera la certeza de que mi cerebro se apagará instantáneamente, sin más, no tendría tanto miedo. Dicen que hay más valor en quien lo reconoce que en quien lo oculta, pero no he podido comprobar dicha teoría todavía. Y, de pronto, todo ese temor se interrumpe ante el sólido golpe que genera la idea de la solidad total –la verdadera, la que te rompe el espíritu– pensando en un mundo agonizante sin todos ellos que me lo han hecho menos cruel.
Todo esto me ha llevado a pensar que atravesamos cada día con la consigna de sobrevivir, hemos sido educados para ello, pero... ¿y vivir? No es cualquier cosa. Uno es torpe para disfrutar y bastante creativo cuando se trata de perder el tiempo; lo más valioso que tenemos: irrecuperable, irrompible, irreversible. Mucho antes de aprender a hablar, ya sentimos. Tal vez suene un tanto irónico que aprendemos a expresarnos de tantas formas, que las palabras pasan a segundo plano y, aún así, decidimos ocultar las emociones y las ideas como si fueran un crimen, las dejamos pasar como si fueran a volver.
Ese es justo el problema, que nada de esto regresa y que nunca volveremos a ser esta misma versión. Nada nos prepara para eso, por más conscientes e iluminados que seamos, porque el cambio eterno que representa la vida es capaz de sorprender a cualquiera. Un par de líneas llenas de absolutos que solamente deberían utilizarse para hablar de ella, la muerte. ¿Será el final? O será solamente un paso más hacia otra etapa que jamás seremos capaces de registrar en este plano. Aquí está de nuevo, tan cerca que nos respira al oído si nos distraemos un poco; en un parpadeo, en un descuido, en un suspiro. Ella actúa en instantes. Es un tanto seductora por lo que promete pero, a cambio, pide un precio enorme que, aunque no estemos dispuestos a pagar, se nos es arrebatado y aún no comprendo si es solamente cuando ella quiere o si hay alguna forma de negociarlo. Lo cierto es que, para pagarle, a todos nos alcanza.
Por supuesto, no está mal pensar; hoy en día creo que es, incluso, un privilegio hacerlo. Sin embargo, como todo, en exceso se convierte en la peor enfermedad. Y así, todo lo que pasa por nuestra mente y que somos incapaces de soltar, nos abruma y nos deshace por dentro. Se come el intestino, lo estruja primero; nos calienta la cabeza, nos adormece los brazos y las piernas, nos hace arder la garganta un día, sin explicación ni previos aviso. Estas señales de alerta del cuerpo, tal vez también vengan de ella, como un leve recordatorio de que no podremos escaparle.
Llego siempre a lo mismo: si hay que dejar todo ser, quisiera saber cómo. ¿Qué tengo que hacer para dejar de pensar en ello, aunque sea un momento?, ¿a quién le tengo que vender mi alma para callar todo lo que llevo dentro y poder ser feliz de una vez?, ¿qué luz hay que encender para que el lado oscuro del mundo no siga creciendo? Creo que aún estoy a tiempo de transformar mis miedos en ganas... si tan solo no le diera tantas vueltas, si tan solo no supiera lo que sé.

Comentarios
Publicar un comentario