Una casa nueva
Hay un abismo entre el día en que nací y hoy. Un espacio atemporal y desordenado que algunas veces se ilumina permitiéndome ver algo; son esos destellos lo único que recuerdo de mí antes de hoy. Pasa del mediodía, no me he levantado, no me lo han permitido mis huesos aunque el sofá parece querer escupir mi cuerpo como si algo de él le enfermara.
Las paredes permanecen pálidas, casi todas vacías, carentes de detalle, aunque algunas partes de la casa tienen colores y leyendas aleatorias, como un pizarrón enorme que todos usamos cuando nos es necesario. Ahí pueden leerse desde ideas sumamente brillantes, hasta palabras aisladas que significan sólo una emoción momentánea, una ocurrencia banal, o un pensamiento nublado. A decir verdad, el lugar se asemeja a un taller de artes, tan ordenado como lo interpreten quienes están dentro, tan desordenado como lo perciban quienes lo ven desde fuera.
De un tiempo para acá esta casa es fría; permanece siempre habitada pero los inquilinos no somos capaces —al menos la mayoría de las veces— de coexistir sin lastimarnos. Somos, tal cual, una comunidad tóxica y co-dependiente pero claro, para ninguno es fácil reconocerlo, ni parece ser relevante a pesar de lo problemático que se vuelve. A veces cuando despierto, siento la presión de TicToc (un maldito obsesionado con el tiempo) que me apresura las mañanas y termina haciéndome correr, no importa a dónde vaya. Cuando TicToc duerme fuera, la Triste aprovecha para venir a molestar. Nadie tiene un gramo de educación en este lugar, como pueden ver, todos entran sin tocar. La Triste es más enfadosa que Toc porque nos contagia a todos de una vibra baja, nos volvemos poco funcionales y nada nos motiva; a casi nadie la cae bien pero siempre paga su parte de la renta en tiempo y forma.
Creo que es importante mencionar a Dulce, fue la primera en llegar aquí. Siempre cuenta que llegó desde muy pequeña y que la casa parecía abandonada, como en una historia de terror, pero que poco a poco le fue dando forma y color. Siempre batallaba para comer pero era sólo una niña, a veces todo se le antojaba y sentía que no podía parar, otras veces comía sin hambre pero con muchas ganas y, después venía el auto-castigo. Dulce ahora pesa unos 100 kilos (o eso parece) y siempre tiene pasteles, panes, galletas e incluso botanas saladas y picositas para compartir con todos los que alcancen. Sin embargo, siempre ha tenido pique con Fito, que es el único de nosotros que hace ejercicio y nunca quiere comer nada fuera de su "plan". Deberían verlo cuando se le pasa la hora, o cuando no puede entrenar por alguna razón... ni él se aguanta.
Para cerrar con broche de oro, estoy yo. Mis niveles de ansiedad son tan altos que casi siempre termino dejándome influenciar por alguno de los otros 4 y luego sintiéndome culpable por ello. En una escala del 0 al 10, mis ataques de pánico son nivel 20. Pero hoy en especial, hay una razón por la cuál no quiero ni puedo moverme: por la madrugada me llamaron para pedirme que fuera a reconocer un cuerpo. Intenté negarme pero dijeron que no hay nadie más que pueda hacerlo. ¿Cómo me encontraron? ¿cómo supieron quién soy? Balthazar, el invitado incómodo, dice que las cosas nunca pasan por casualidad, entonces es seguro que debo ir. Yo más bien creo que él fue quien les dijo todo. Y ahora Lucifer, que me encontró una noche sumergida en el terror y me mostró que no toda la obscuridad es ciega, se ha ofrecido a acompañarme.
—Sólo ten en cuenta— dice mientras nos preparamos para irnos, —que si decides salir de esta casa es muy probable que ya no vuelvas—
Yo lo sé. Ahora mismo me encuentro en la puerta, con un pie dentro y otro fuera, a punto de ir a reconocer mi propio cuerpo y, si es que sí es mi cuerpo aquel que yace en la morgue de mis emociones, una lápida será tallada con el mensaje que Lucifer ha dictado:
"Rompe los lazos que te han derrumbado".
1/4 de pastilla por la mañana, 1/2 por la noche a escondidas de todos en la casa. ¿Somnolencia o sonambulismo? Quizá los dos en uno.
—Fue eso— dice con seguridad Lucifer. Pero ya está muerto aunque con los ojos abiertos, una escena perturbadora a decir verdad. Ese cuerpo ya no sirve, no funciona más. —No aguantó nuestra casa— digo yo.
—Entonces... ¿sí es?— pregunta una voz al fondo de la habitación.
—Sí. Sí era—
Efectivamente, fuera de la casa el abismo se ha hecho menos negro y profundo, comienzo a ver nuevas cosas. Ese lapso entre mi nacimiento y hoy ya no es un pozo sin fondo con huecos de luz, ahora es un túnel encendido con la luz de una consciencia prestada que me rompe los tímpanos. Hay un bosque, hay dibujos en hojas viejas, hay botellas de cerveza y envolturas de chocolate, hay trajes de baño y juegos de fútbol, hay heridas y visitas repentinas al hospital, hay canciones y corazones rotos, espejos que sentencian y anteojos que consuelan.
No tenemos prisa por ponernos en marcha. Yo, enraizada, sólo busco un filo para cortar los lazos que cegaron mi propia historia y me inventaron otra... otras. Balthazar apunta hacia un sendero, un terreno vacío que no lleva nada escrito.
—¿Cuánto tardaríamos en construir otra casa de cero?— pregunto ahora a Lucifer.
Toda la vida.
Comentarios
Publicar un comentario