Conectada

Todo es temporal. Una aseveración dolorosa y difícil de aceptar que, aunque algunas veces reconforta saberlo, la mayoría de las veces deja un inexplicable vacío que aún no he hallado cómo aliviar. 

En muchas ocasiones he asegurado comprenderlo todo, dándome cuenta, en cada una de ellas, de que no había entendido nada en realidad. Es por eso que ahora le he quitado peso a intentar saber, a intentar resolver cada enigma que se me cruza. He decidido mejor concentrarme en disfrutar el presente, lo único que tengo, lo único que vivo, lo único que siento. Si hay algo de lo que tengo certeza es que no está en mis manos el desenlace de la historia, únicamente el desarrollo y la manera de abordar el clímax me pertenecen; mi reacción ante la acción del Universo me llevará a un destino. 

Con el tiempo, después de haber perdido mucho, llegué a la conclusión de que, si todo es transitorio, entonces debo abrazarlo con más fuerza mientras pueda, dejar de temerle a la intensidad, a la profundidad, dejar que mi alma se envuelva y se cobije con cada emoción sabiendo que, si todo termina mañana, no hubo un solo momento desaprovechado, ni un segundo tirado al olvido, ni una palabra almacenada en mi garganta, ni un solo beso guardado quemándome los labios, ni un abrazo acumulado en mi pecho que detenga mi andar. 

He elegido, pues, la libertad de amar, de hacerme uno con el cosmos y entregarme al flujo del tiempo, sin parar, sin mirar atrás, conectada a cada estímulo, a cada sensación y cada señal. Manifestando la vida que quiero, aceptando lo que soy, lo que tengo, construyendo bases firmes para jamás volver a doblegarme ante nada ni nadie. Una llama feroz enciende los motores de mi espíritu cada mañana sin importar cómo ni dónde esté, porque cuando la motivación no es suficiente y la inspiración no me alcanza, la disciplina se hace presente y gobierna mi andar. 



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