Perder la vida
¿Cuándo realmente pierde uno la vida? Morir es un verbo inevitable, perder la vida, en cambio, es una acción totalmente opcional; morir es sin duda la evolución de la energía mientras que, perder la vida, es encapsularla e impedir su paso hacia la trascendencia.
Es sencillo, sólo haz el recuento: ¿cuántas cosas que realmente deseabas te has negado a aceptar? ¿Y cuántas veces has aceptado lo que en verdad no deseabas? ¿Cuántos “no” y “sí” has regalado en contra de tu intuición y voluntad? No es tu culpa, es que hemos sido criados esclavos de un monopolio de pensamientos que suprimen nuestra individualidad. Pero sigues aquí, siempre que aún te estremezcas con un roce de piel, que seas capaz de llorar de tristeza o de reír hasta las lágrimas, de sentir profundo dolor e intensa alegría; siempre que exista emoción que te mueva el suelo, que sientas hambre de más en el alma y que el espíritu te jale como un imán hacia tus pasiones.
Nunca dudes de ti, sigues conectado a tu destino aunque a veces parezca que vas contra corriente, aunque a veces parezca que tu actuar es irracional, es más bien la niebla que emana de la incertidumbre que te hacen sentir siempre que intentas separarte del grupo. Es eso lo que debes hacer si así lo indica tu pecho, si tu corazón parece casi salirse de tu cuerpo cuando piensas en eso... eso, ¡ESO!
Después de todo, cuando mueres sin perder la vida, tu existencia se hace eterna y tu huella queda impregnada sobre la tierra que sostiene millones de años de historias; sólo trasciendes, sólo te transformas, tu energía se esparce entre otras almas hambrientas de libertad que, a su vez, más tarde alimentarán a otras, manteniendo viva la flama de un fuego ardiente que busca terminar con todo aquello que sea obstáculo para llegar a la cima, tu propia cima.
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