El Monte Nada
Todas las conclusiones nos llevan a la nada. Es una afirmación que debemos recordar cada vez que vaguemos entre dudas de lo que sea. Cuesta trabajo aceptar que todo lo que hagamos, lo que pensemos, lo que digamos, terminará arrastrándonos al mismo lugar. La única diferencia está en la calidad de las cosas, el parámetro para medir si ha valido la pena este camino hacia la nada: la calidad de los sentimientos, de las ideas, de las palabras; la calidad de nuestro carácter y de nuestro actuar (la congruencia). Esta fue una lección que me dio Balthazar en cuerpo físico, y me lo ha explicado llevándome a subir el Monte Nada.
Una mañana nublada, sentada a la mesa y aún con café servido, abría paso a uno de los pasatiempos que me caracterizan: sobre pensar. Entraba y salía de golpe de mi palacio mental, como si un cable de mi mente tuviera un falso contacto. La pantalla de mi celular se iluminó con la frase "Sigues buscándolo y no lo vas a encontrar". No podía ser nadie más que Balthazar, una estrella matutina, sin duda. Me levanté de la silla, pero un extraño magnetismo me jaló de nuevo hacia ella. El péndulo que colgaba de mi cuello comenzó a agitarse. Cerré los ojos, podía sentirlo sobre mi pecho, de un lado a otro, hasta que por fin logré entrar en mí. Sentada en la cama de la habitación de siempre con las piernas cruzadas, Balthazar sentado detrás sobre la silla que colgaba de la pared (sí, de la pared).
–Hay maneras menos dramáticas de hacerme venir—, le dije. —Estás perdida buscando nada. ¿No percibes el drama en eso?
Se levantó y se puso frente a mí. Abrí los ojos, lucía emocionado. —Hay algo que debes ver... con otros ojos. Hay algo que debes sentir sin resistirte (dicen que duele si lo haces) —, dijo él. Hizo una seña con la mano haciéndome seguirlo por el pasillo hasta la cocina, el único lugar con buena luz. Sobre la barra, había una charola con lo que parecían ser simples galletas. La tomó con ambas manos y me ofreció una. Yo lo miré con extrañeza e hice una mueca de sospecha, pero igual sabía que, si no era por las buenas, sería por las malas.
Tan pronto como le di una mordida, comencé a escuchar algo como una vibración que cada vez podía percibir más y más. Era como si algo que me perseguía se fuera acercando a mi cabeza. Sentí pánico entonces. Corrí sin pensarlo, de la cocina a la habitación y cerré la puerta de golpe. Me senté en la cama para intentar salir de ahí, pero el sonido seguía fuerte y la vibración hacía palpitar mi corazón tanto que quería arrancármelo. Cerré los ojos y los apreté con fuerza hasta que me dolió la cara y de pronto... de pronto escuché agua que avanzaba, como un río que corre. Comencé a sentirla también porque mi ropa ya estaba completamente empapada. Abrí los ojos y me encontré flotando en medio de un río desconocido, la corriente me llevaba hacia una enorme cascada. En cuanto concebí lo que estaba sucediendo, la adrenalina recorrió mi espina dorsal, alertando a mi cerebro. Comencé a forcejear, patalear y mover los brazos intentando nadar hacia el otro lado, y mientras más lo hacía, más me arrastraba la corriente.
A la orilla vi a Balthazar sonriente. —¡La resistencia te va a ahogar!—, gritó. Yo no podía hablar, respiraba con dificultad y escuchaba su voz entre burbujas y el agua feroz que me devoraba. —¡Te va ahogar!—, gritó con fuerza de nuevo. Y por fin lo entendí. La cascada rugía a mis espaldas, ya no había nada qué hacer, sólo dejarme caer hacia mi destino. Dejé de luchar, solté mi respiración y cerré los ojos. Esa sería la última imagen que vería: a Balthazar sonriente, con los árboles detrás de él; con la vida de fondo. Cuando por fin comencé a caer, sentí fundirme con la cascada, como si me hubiera convertido en ella y, justo antes de golpear las rocas, comencé a elevarme de nuevo, ahora dentro de una gran gota de agua que me transportaba a través de toda esa naturaleza viva. Árboles respirando, cerros llenos de luces, todo por debajo de mí se movía y parecía autónomo. Escuchaba las voces y sonidos de cada ser. Finalmente fui depositada en la cima de un monte donde nada ni nadie habitaba. De pie, volteaba a mi alrededor y sólo veía niebla. Sin embargo, me sentía en paz. Percibí una presencia, Balthazar.
—Subiste al Monte Nada—, dijo finalmente. —¿Esto es geográficamente comprobable? —, pregunté, a lo que respondió con su mirada irónica. —Así es como se siente... el dejar de resistirte a la idea de que no somos nada. En tus ganas de sobre pensar, recuerda todo lo que viste. Tu ansiedad es proporcional a lo que sentiste al resistirte a la corriente. Y en tus triunfos y satisfacciones, recuerda esa sensación de elevarte desde las rocas hasta la cima de este monte, el Monte Nada—
Regresé de golpe a la cocina de la casa. Todo seguía igual: yo sentada a la mesa, el café servido, la taza a mi izquierda. Pero el estilo de Balthazar era siempre dejar rastro, así que obviamente, a un costado de mi taza, estaba una galleta mordida que, por si las dudas, preferí no terminarme.
Regresé de golpe a la cocina de la casa. Todo seguía igual: yo sentada a la mesa, el café servido, la taza a mi izquierda. Pero el estilo de Balthazar era siempre dejar rastro, así que obviamente, a un costado de mi taza, estaba una galleta mordida que, por si las dudas, preferí no terminarme.
Wow!!!! Está padrísimo... talento te sobra!!!
ResponderEliminarWow! Me encantó 😍
ResponderEliminarAferrarnos a la pretensión de ser más grandes que el cosmos, nos priva de vivir el parpadeo que representamos en el Universo en plenitud. Hermowa obra.
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