La noche de la tormenta


Corría el mes de agosto en sus últimos días. La situación del país era tenebrosa, cada vez más. Los lugares de resguardo eran escasos, las noticias se leían y escuchaban como cuentos de terror; las mañanas se habían convertido en un foro de comedia televisada, proveniente del alto mando, mientras que las calles se pintaban de rojo escarlata, día tras día. El pánico colectivo nos llevaba a actuar sin pensar, devolviéndonos a nuestro estado primitivo. Ni la tecnología, ni la ciencia, ni los académicos lograban comprender el retroceso mental que parecía infectar a la sociedad. Dadas las circunstancias, la misma Tierra se encontraba en un estado de fuerte depresión. Pensaba para sí que el mundo estaba tomando actitudes muy extrañas, como si no la quisieran. Muy pocas naciones la procuraban, mientras la gran mayoría parecía más bien querer envenenarla. Mi país —en el que yo habitaba, pues— formaba parte del grupo de sicarios del planeta, por supuesto. De hecho, era un gran foco rojo encendido en el mapa, imposible de ignorar.
Recuerdo muy bien aquella tarde, cuando el sol se escondía lentamente, dejando ver las últimas cortinas anaranjadas del día. El cielo parecía despejado y, sin embargo, el olor a lluvia era fuerte. Me pareció un tanto extraño detectar ese aroma. Pensé que, tal vez, mi subconsciente deseaba un poco de lluvia, pues el calor era potente y quemaba. Miraba mis manos, deshidratadas; mis ojos lloraban por la resequedad. El clima era inusual. Las banquetas, casi vacías, delataban el próximo regreso a clases que, a la mañana siguiente, haría colapsar las principales vías de tránsito y, con ello, el temperamento de más de la mitad de la población.
Ni un alma parecía querer salir. Quise creer que la falta de ánimos de las personas se debía más bien a que era domingo. Así pues, me guardé en mi habitación, retomando las últimas líneas de mi lectura. Encendí una vela aromática y me dispuse a ignorar todo a mi alrededor. Cuando la luz dejó de ser suficiente, cerré el libro y me escabullí entre las sábanas de mi cama. Mi habitación estaba fresca, no sería difícil dormir. Pero me había equivocado. Las primeras horas recostada, fueron como estar en un pantano, atascada. Podía sentir una fuerte energía que provenía de afuera y parecía entrar por la ventana —a pesar de estar completamente cerrada—, junto con la tenue luz de la luna que, por cierto, se notaba débil al pasar del tiempo. Por fin, caí rendida. Mi sueño fue algo tenso, sentía cómo apretaba la quijada por la presión. Había algo molestándome, un sentimiento, una percepción, la vibra de la Tierra. Cerca de las 2:30 de la mañana, un fuerte golpe me despertó. Otro más se escuchó tan cerca del cuarto, que incluso pensé que se había caído una parte del edificio. Levanté la mirada y noté cómo intensos destellos de luz se colaban por los huecos laterales que dejaban las cortinas. La habitación se iluminaba y se apagaba una y otra vez. Eran rayos y truenos los que ocasionaban eso. Pronto pude escuchar la lluvia caer tan frenéticamente que podría haber atravesado el techo.
Me levanté de la cama con un extraño dolor en el vientre que me obligó a correr al baño. Cuando estaba ahí, me di cuenta de que me temblaban las manos y sudaba frío. En unos segundos, comencé a hiperventilar, tenía la sensación de que no respiraba y comencé a perder el control sobre mí, aspirando enormes bocanadas de aire. Me había pasado antes, pero ahora mi cuerpo parecía sincronizarse con la tormenta que acontecía afuera, como si la Tierra estuviese llorando a través de él. Me puse frente al espejo, con la luz encendida y mojé mi rostro con agua fría. “Quizá sea sólo un sueño”. Pero el dolor en el vientre aumentaba significativamente, y apretaba la mandíbula como cuando intentaba quedarme dormida. “Un sueño lúcido”, me dije intentando consolarme. Un trueno más retumbó, dejando un largo eco por todo el apartamento que me hizo perder el equilibrio y la conciencia también.
No recuerdo más sobre la noche de la tormenta. Abrí los ojos ante una soleada mañana, tras escuchar a lo lejos el canto de algunas aves. Quise ducharme, pero no salía agua caliente. Sostuve la respiración y me paré bajo el chorro de agua helada. Recobré la sensibilidad muscular y sentí la sangre correr otra vez, como cuando tenía la certeza de estar viva. Ahora no sabía bien qué había sucedido. Salí de mi encierro, caminé y después corrí hasta sudar. Sentía menos tensión, el ambiente era distinto. Sentada en una acera, intentaba reflexionar y entender si lo que habían presenciado mis sentidos había sido real.
No pasó mucho tiempo cuando vi pasar a un hombre frente a mí. No parecía ser del rumbo. Me miró, esbozando una sonrisa, después se sentó a mi lado. “Tú lo hiciste”, me dijo. Le lancé una mirada de extrañeza, pero él no se inmutó. Continuó: “Abriste el portal. Era necesario, la Tierra se purgó”. Lo negué rotundamente, sin embargo, no comprendía por qué todo estaba vacío y, por primera vez, tranquilo. El hombre me escuchaba, aunque yo no dijera nada, ni una sola palabra había salido de mi boca. “La Tierra te usó”, me dijo, “usó tu energía para salvarse”. No quería reconocerlo, pero todo conectaba. Al verme aún incrédula, se dispuso a describirme cada uno de los síntomas de la noche anterior sin error alguno. Muchas preguntas se formulaban en mi cabeza, pero la única que pronuncié fue: “¿Y tú quién eres?”, mientras me ponía de pie. “Mi nombre es Balthazar”, respondió. “Pero no te aflijas, no he venido a confundirte más, sino todo lo contrario. He venido a despertarte”. Puso su mano en mi frente, a la altura del tercer ojo. Sentí como si hubiera absorbido mi cerebro, arrojándolo dentro de un tornado que arrasaba con todo a su paso.
Desperté de un sobresalto al sonar el despertador. Pasé saliva, mi corazón estaba agitado. Me senté en el borde de la cama intentando restablecerme, reconectarme. Al mirarme al espejo, noté unas ligeras marcas en mi frente. Me dolía la cabeza como si me hubiera golpeado con algo. La luz de mi teléfono se encendió, había recibido un mensaje de un número desconocido:
“Ahora lo sabes todo, úsalo a tu favor. Con amor, Balthazar”.

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