Take me from this Heartless Land...
La alarma. Un recuerdo abrumador de
que nuestra alcoba no es infinita. La hora, el momento que marca el inicio de
otro día. Una hora para cada quién, un instante. El baño matutino, la
transición entre el despertar y el sueño; el aroma del café y su efecto. Correr
de prisa, entrar en el auto. Un puñado de ansias, eso es lo que somos. Un
sinfín de individuos encolerizados desde el momento en que abrimos los ojos
empezamos a vivir.
Salir a la calle, al trabajo, a la escuela. Intentar transitar las grandes avenidas
saturadas, las calles maltratadas; el caos representado en carne propia.
Respirar ahí afuera es como estar encerrado en una pecera con gases y ruidos
infames. Cientos de autobuses y enormes vehículos de carga restregándonos en la cara ese
veneno negro que, tarde o temprano, acabará con todo lo que conocemos. Las
personas que permiten que esto suceda, deberían ser amarradas de frente, con la
nariz dentro de los escapes, aunque fuese por diez minutos.
Labores
infinitas, horarios por cumplir. Nadie para, no hay tiempo: tiempo para
observar, para escuchar, para saborear, para tocar, para olfatear. No hay
tiempo para los sentidos. La gran urbe va restándonos minutos de vida a todos
por igual, sin piedad. El regreso a casa puede ser peor. Otro rato inmóviles,
sentados, apaciguados. Menos fuego en el corazón y más incendios en nuestros
bosques. El juego eterno, violencia. El mensaje que constantemente recibimos,
la única regla que rige el comportamiento de esta ciudad: “Yo antes que tú, sin
importar sobre quién tenga que pasar”.
La
noche. Deseos de salir huyendo, de que el sueño que se tenga de pronto sea
real: no despertar aquí, ni siquiera cerca. Que nuestras ventanas nos enseñen
el verde bosque, que logremos escuchar, de nuevo, un ave cantar. Poder caminar
bajando la guardia, y que cada quién conserve lo suyo; que nos demos la mano en
vez de ponernos el pie. Dormir cuando nos dé sueño, comer cuando nos dé hambre.
Mirar a la persona que amamos, cada mañana, despertar y ser él mismo. Tan sólo
ser.
Noches
cortas, días eternos. El reloj de arena se voltea una vez más. Se esfuma la
aspiración, se abren los ojos. “El tiempo es dinero”, que empiece la
producción.
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