David Bowie y sus alter egos (las voces en mi cabeza)
Extraño y
misterioso. Multifacético. No existe una palabra más acertada en cuanto a David
Bowie refiere. Una nave espacial colapsada en el año de 1947, dejó caer en el
pedazo más privilegiado del planeta Tierra —el Reino Unido— a uno de los más
talentosos artistas de los últimos tiempos. El mundo entero se regocijó sin
saberlo.
Desde que
tengo memoria, la música ha estado presente en mi vida. Notaba, en mi interior,
un fuego creciente que calentaba cada vez más al sonar de aquel rock de los
años setenta, en que los que se consideraban genios, eran los talentosos, los
creativos, los virtuosos, y no los que sólo vendían. Todas mis drogas han
tenido autor. He tenido encuentros intrapersonales luego de inyectar Tarkus en
mi brazo izquierdo; un delirio, dos, tres, y podría seguir contando, inhalando
Dancing With the Moonlit Knight. Un instante más de David y, probablemente, no
hubiera despertado jamás. Pero crecer en un país equivocado, a la larga, trae
graves consecuencias. Me he extraviado en un país latinoamericano; un lugar
extraño, donde se aprenden y se enseñan cosas que siempre han sido disonantes
para mi cerebro. La vida mentira tras mentira; telones de humo que descienden y
ahogan. Aquí es rendirse o morir —literalmente— “Trabaja para mantener a todos,
menos a ti.” Mexico Fellaheen,
diría Kerouac.
A los once
años, oscilaba entre una dimensión perceptible a la vista, y la realidad que
coexistía dentro de mí. Fui, entonces, un desastre equivalente a una erupción
volcánica. Pero siempre hubo algo extra, una guía, una fuerte voz, que cuidó y
procuró mi salud mental durante el tiempo en el que aún no lograba controlar
esas extrañas vidas paralelas que, por alguna razón, gozaba yo de crear. Una
inhabitual noche, en la que dormir parecía casi imposible, me encontré de
pronto frente a la imagen de Mick Jagger, mientras yo flotaba sobre la
inmensidad del mar. Mar abierto, y Mick Jagger sobre un pequeño barco,
entonando una de las mejores canciones de The Rolling Stones:
"Angie", canción que, según uno de los tantos mitos y teorías, se le
escribió a la primera esposa de David, Angela Barnett. Lo escuchaba con
atención cuando, de repente, a lo lejos, noté que algo —o alguien— salía del
agua. Tardé un momento en distinguir la imagen. Era David. Salía del agua
vestido igual que en su peculiar video de "Ashes to Ashes", y Mick
cantaba sin cesar. Tal imagen, bien pudo haber sido una pintura surrealista.
Pero antes de
aquel remoto sueño, no era capaz de explicar esa invasión esquizofrénica que yo
solía justificar con conceptos banales como el de "rareza."
Espejismos inclasificables, provenientes, quizá, de sólidos recuerdos de una
vida distinta e improbable de la que sentía —o imaginaba— venir. La sangre
llamaba. Tuve que emprender un profundo viaje al origen de mi propio universo;
las voces en mi cabeza, ahora claras y fuertes, parecían ser capaces de
escucharme también: "Can You Hear Me, Major Tom?" Juntos, construimos
un sendero que condujo mis venas —enredadas cual cables tras un mueble viejo—
al Olimpo en el que aguardaba mi estirpe. ¡Olimpo de un dios carnal! A un
milímetro de la blasfemia, según quienes controlan más de 1,250 millones de
cabezas. Miré, pues, los años escondidos bajo las ruinas del templo Mercuriano
en el que —originalmente— fui concebida. El reinado estaba destinado a
continuar y debía prevalecer. Me había transformado nuevamente.
Eno y Ferry
habían ya dibujado los planos, Jagger ya era figura, e Iggy Pop comenzaba a
escalar los escenarios con huesos de hule, contorsionista del rock. Al fondo, el nacimiento de un género nuevo
—el glam— se veía venir a toda marcha. Los antecedentes eran fuertes,
las bases habían sido previamente establecidas y, sin embargo, fue el
aterrizaje de Ziggy Stardust, en 1972, el que puso en claro el término
previamente mencionado. Peter Gabriel gustaba del performance también, y había levantado los estándares de todos tras
la majestuosidad teatral que interpretó a raíz de Foxtrot, llevando puesta una
escalofriante máscara de zorro. Y luego, estaban las misteriosas máscaras de
Fish. Teatro y música, teatro dentro de ella. Pero no de fondo, sino como parte
del intérprete, como elemento esencial del personaje. Las artes escénicas y
visuales, se mezclaban con el intenso mundo creciente del rock británico y sus
derivaciones. Muy poco después, correspondió a Mercury perfeccionar —con alta
clase— el performance de la música;
la transformación del humano a la estrella, y fue dentro de su reinado, en el
año de 1974, cuando Queen II y Sheer Heart Attack, abrieron las puertas del
extenso universo underground inglés —llamémosle así— para, al fin, dar
acceso al resto del mundo. En tiempos actuales —pleno siglo XXI— somos
graduados y egresados de la vieja escuela, pero no todos lo saben. No sólo me
he equivocado de región, sino también, de época. Habrá, quizás, una buena razón
por la que hoy estoy aquí, escuchando la voz de Lake, 47 años después de que
Crimson lanzara "In The Court of the Crimson King."
"Time may change me, but I can't
trace time", me repetía David. Los mensajes importantes, parecían ser sueños, pero sólo en caso de que yo
despertara olvidándolo todo, tendría tenebrosos dejavús. Era ahí cuando
comenzaba a cuestionarme qué era realmente lo que había ya vivido, qué era lo
que recordaba y de qué dimensión provenía todo aquello. Encuentros apasionados
con la Literatura —comencé a leer a Borroughs y a Kerouac— y con la pintura.
Matisse, Rouault, Derain. ¿Por qué, París, te metes en mi intranquilo cerebro?
Y ahora el saxofón y la flauta transversa, eran fundamentales en cualquier
pieza musical que se considerase de mayor intelecto. La idea de que
Ziggy pudiera traer consigo mensajes apocalípticos, cruzaba mi mente con
frecuencia. "David lo sabe, que todos moriremos." Ziggy,
metafóricamente, es el fin. Y después, "who'll love Aladdin Sane?"
Preguntas que orillaban a la realización de una tesis infinita. Entonces, pues,
¿seremos capaces de elegir el tiempo de nuestra muerte? Cobain, según se
expone, se había dado un tiro en la cabeza en 1994, y ahora, 2016, había sido
Keith Emerson. Profetas. La muerte —mi muerte— omnipresente.
El cumpleaños
número 69 de David Bowie, tenía emocionados a más de uno, pues significaba
también, el lanzamiento de su nuevo álbum, Blackstar. Pero como siempre, los
humanos tendemos a ignorar las señales. "¡Levántate y anda!" Lazarus,
tirado en la cama, vendaje en los ojos, tembloroso. ¿Más teatro? Escuché el
disco el día que salió: nuevo, nuevo, nuevo. David me había dicho que leer
sería lo más importante —leer entre líneas y ¡ah! Sí, me he equivocado de país,
de época, pero no de planeta— Fui entonces registrando las palabras, las
frases, todas, revisándolas. Un sentimiento casi hueco, paseaba con los ecos
feroces de todas las cosas que ellos me decían, y repetían, y sacudían mi
cabeza. Un dolor agudo
en la sien, píldoras de "Look up here, I'm in Heaven." El transcurso
del tiempo, aquel 8 de enero, el camino de la puerta hasta el auto, "I've
got scars that can't be seen." Algo en el reloj, me decía Aladdin Sane, el
tiempo es subjetivo, "I've got drama, can't be stolen." Más teatro,
sin duda. Lazarus, en levitaciones escalofriantes, "everybody knows me
now." Todo indicaba que el final estaba cerca. Mi duda mayor, más bien,
era si yo lo seguiría escuchando después. Aladdin hablaba fuerte: Tiempo.
Sentados a la mesa, convivíamos alegremente en casa. La escenificación de la
última cena; la nave espacial había sido reparada [10, 9, 8, 7] "I look at
my watch..." Y yo sabía las palabras siguientes, y deseaba que Sane parara
de hablar [6, 5, 4] pero en un volumen ilegal, proseguía "...it says 9:25
and I think..." [3, 2, 1] "Oh God, I'm still alive." Silencio.
Escalofríos y silencio aterrador. La madrugada del 10 de enero, no escuché más
la voz. Las noticias, en todas partes, confirmaban el doloroso deceso de David.
Y corrí a leerlo: "Look up here, man, I'm in danger", y miraba al
cielo, buscando una estrella —por obvias razones— una señal. "I've got
nothing left to lose", busqué la voz dentro de mi palacio mental, nada. "I'm so high, it makes my brain whirl." Me rendí.
Después del glam,
el rock británico siguió apoderándose de la industria musical. En la década de
los 80, algunas bandas de la ola de las llamadas hair bands —la mayoría
provenientes de los Estados Unidos— retomó, a grandes rasgos, el concepto del
glam. Lo que para unos representaba una moda, para otros significaba
historia. Después, el pop y la música disco, tomaron fuerza. Pero de entre las
cenizas, siempre uno de los grandes renacía como un ave fénix. Más de una vez,
Bowie: Bowie, Queen y Bowie, Jagger y Bowie, Bowie. Grandiosa música nació a
partir de la influencia de los geniales y virtuosos maestros de aquella, ahora,
lejana escuela. Los 90, la música se perdía entre el sonido de los
sintetizadores, y de una nueva vertiente en desarrollo, que el grunge, intentaba reparar. Pocos se
adaptaron, otros conservaron lo clásico. Todo lo que ocurrió después —en el
ámbito musical— ya había pasado, alguien ya lo había pensado. Como un
clarividente, David Bowie, psíquico.
Había pasado
un mes luego de la trágica pérdida de aquellas múltiples, transformables voces
internas. Aunque, luego de tantos años, sin duda algo había aprendido.
Despertaba intermitentemente, una noche de febrero. Creía sentir cosas muy
extrañas, pero ya no tenía la certeza de que fuesen reales. Podrían haber sido
sólo sueños. Y sí, pronto dormía profundamente. La imagen del mar y, en él, un
barco. Era como aquel primer sueño en el que Jagger cantaba "Angie",
sólo que ahora, Mick no estaba. En cambio, un radio antiguo se encontraba justo
en el centro de aquel barco y dejaba escuchar sólo un poco de interferencia.
Una leve marea, comenzaba a agitar las aguas del centro. Y lo vi. David salía
del agua: "Ashes to Ashes", movimientos teatrales, como nunca antes. El radio antiguo, soltó de pronto algunos acordes, seguidos de
"Didn't know what time it was, the lights were lo-o-ow, I leaned back on
my radio-o-oh." Desperté
de golpe. Cuarto completamente blanco. Vacío. Yo, frente a mí y conmigo. El
regreso de un estupendo viaje en el que tuve que aprender y entender mi razón
de ser. Creciendo, tomé aquello que me fue otorgado. Mi mentor había regresado
a su planeta de origen; yo debía ocupar el trono que llevaba vacío 25 años
(desde 1991, a la muerte de Mercury)."If she says she can do it, then she
can do it, she don't make false claims. But she's a Queen and such are
queens..." El trabajo de esas
voces, había sido conducirme hasta la herencia que me correspondía.
Blackstar, y
sobre todo, Lazarus, habían sido el mensaje final de David. Un regalo para sus
seguidores y admiradores, la despedida definitiva. "Todos
tranquilos", pensé, "David es inmortal." Él escogió cuándo irse
de la Tierra, y él lo sabía, siempre lo supo. Inmortal. Sólo cambió de dimensión.
Regreso entonces a aquella pregunta: ¿Somos capaces de decidirlo? Algunos
anhelan longevidad —siempre he detestado a los optimistas— y algunos otros,
somos sólo profetas, escondidos tras el nihilismo, o el surrealismo. Y están
las mentes maestras, las que saben cuándo y dónde, las que saben por qué. Es
una virtud, sin duda. Una virtud propia de ciertas mentes, de la magnificencia
artística e intelectual con la que sólo unos pocos cuentan. Luego, ellos se
meten en las cabezas de los profetas, nos eligen y nos llevan hasta el lugar en
el que debemos estar. En algún lugar, las voces de Dalí, Hemingway, Paganini,
Mozart, conducen y moldean a las nuevas generaciones, para conservar sus
legados y alargar la vida de este mundo. Porque el fin del mundo, no hace
referencia a lo físico; la muerte de los genios determinará la nuestra. Temamos
a las pérdidas siguientes: la muerte definitiva, será la muerte
intelectual.
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