The (forbidden) fruit experience
La meditación es un ejercicio que todos, en algún momento de nuestras vidas, deberíamos realizar. No sólo nos permite conectarnos con nosotros mismos, también nos posiciona más alto en cuanto a los niveles de conciencia refiere. Sin embargo, y como en la mayoría de las cosas en la actualidad, la comercialización del término "meditación" ha convertido esta práctica en algo meramente monótono e intrascendente. Respirar hasta hiperventilar e intentar evadir los pensamientos está lejos de ser una forma efectiva de meditar, aunque quizá funcione como ejercicio de concentración. Por supuesto, existen diversas técnicas que, bien aprendidas y con algo de práctica, pueden resultar realmente útiles.
Si bien no soy una experta en meditación, soy una fiel practicante de esta. No, no está aunada a ningún tipo de religión o creencia, está estrictamente ligada con la introspección, la espiritualidad y el crecimiento personal. Podría decirse que cada persona tiene su forma de meditar, la dificultad está en encontrar la adecuada. No es nada sencillo, y para dar con ella, uno puede llegar a pasar por experiencias un tanto surreales. Cada persona vive la meditación de manera diferente, pues las enseñanzas no funcionan igual en todas las conciencias, es un hecho. La interpretación de la información depende mucho del entorno del individuo que la recibe. Me resulta un tanto complejo escribir acerca de mis experiencias espirituales dentro del mundo de la meditación, ya que puede ser difícil creerlas. Aún así, esto es lo que me sucedió en una de las primeras experiencias que tuve a partir de mi iniciación en dicha práctica.
El ambiente en el que me encontraba en esos momentos era meramente espiritual. "Inconscientemente" comencé a rodearme de personas afines a aquellos temas, quienes me instruyeron y guiaron dentro del rubro. Había escuchado acerca del fruto prohibido y el significado que este tiene para la humanidad. Si la información que conocía era errónea o no, no me correspondía juzgarlo, pero lo que sí sabía con certeza era que había una fuerte razón por la cual aquel "fruto" había sido prohibido. Un día, en una clase que tomaba en la universidad, el profesor nos pidió llevar una fruta. El objetivo era lograr comerla en 40 minutos, con los ojos cerrados, escuchando música suave. Sí, un ejercicio de meditación. Debíamos darnos cuenta de que, en realidad, nunca disfrutamos en su totalidad los momentos. Vivimos acelerados.
Inició la práctica. Todo el grupo hizo caso a las instrucciones. De pronto se sintió calma, se hizo el silencio. Los primeros minutos pasaron lentamente para mí. Sostenía una manzana con ambas manos, jugaba con ella, la olfateaba. Imaginé su sabor sin haberla probado, imaginé el crujido que haría al morderla. No lograba ir más allá de lo que ya conocía acerca de la manzana, y tampoco sentía que debía comerla aún. A ratos me animaba, luego me arrepentía de nuevo. No estaba lista. Al pasar unos quince minutos aproximadamente, dentro de mí todo obscureció, como si hubiera quedado ciega; a pesar de que sabía que podía abrir los ojos en cualquier momento, no quise hacerlo. Después, me vi a mí misma parada en el centro del salón, ahora vacío, y la manzana justo enfrente de mí, y crecía. La manzana se hacía cada vez más grande, hasta que se volvió gigante. Justo cuando estaba por acercarme, apareció quien había sido mi principal mentor en todo esto. Usaba una especie túnica negra que cubría casi todo su cuerpo, incluso la cabeza. Poco a poco, fueron apareciendo junto a él otros personajes vestidos de la misma manera. Parecían ser parte de un mismo gremio. De golpe, la manzana apareció en la mano del mentor, quien la extendía hacia mí. Recuerdo haber escuchado claramente su voz: "Ya es tiempo." Mientras yo tomaba la manzana, todos ellos comenzaban a levitar. Era como si la energía que ocupaba yo les ayudase a ellos en dicho acto. Fue hasta ese momento que mordí la manzana. Morderla me regresó al presente, y justo después, el profesor dijo que el tiempo se había agotado.
De los múltiples significados que esto podría tener,entendí que el más importante era que estaba lista para algo nuevo. Para mí, fue una forma de darme cuenta de que estaba preparada para dar otro paso. Era hora de darle entrada al conocimiento. Nadie más tuvo que decirme nada después de eso, lo que debía aprender fue llegando sin pedirlo. Todos tenemos acceso a todo tipo de información, sobre todo en estos tiempos. Sin embargo, cuando la información lo busca a uno y no al revés, ¿será por alguna razón? Cuando por fin abrí los ojos después de morder la manzana, me sentí físicamente distinta. No podría explicar cómo, distinta es la palabra pertinente. Yo sabía que no era el momento ni el público adecuado para compartir mi situación, pero muchos otros comentaban en voz alta acerca de lo que habían sentido o percibido al comer aquella fruta en un plazo de 40 minutos. El olor, las texturas, el sabor, el plano físico de la materia. Y el profesor miraba a todos, quería escucharlos. Inevitablemente, cruzó miradas conmigo como si esperara mi participación: "¿Alguien más quiere compartirnos su (prohibida) experiencia?"
Si bien no soy una experta en meditación, soy una fiel practicante de esta. No, no está aunada a ningún tipo de religión o creencia, está estrictamente ligada con la introspección, la espiritualidad y el crecimiento personal. Podría decirse que cada persona tiene su forma de meditar, la dificultad está en encontrar la adecuada. No es nada sencillo, y para dar con ella, uno puede llegar a pasar por experiencias un tanto surreales. Cada persona vive la meditación de manera diferente, pues las enseñanzas no funcionan igual en todas las conciencias, es un hecho. La interpretación de la información depende mucho del entorno del individuo que la recibe. Me resulta un tanto complejo escribir acerca de mis experiencias espirituales dentro del mundo de la meditación, ya que puede ser difícil creerlas. Aún así, esto es lo que me sucedió en una de las primeras experiencias que tuve a partir de mi iniciación en dicha práctica.
El ambiente en el que me encontraba en esos momentos era meramente espiritual. "Inconscientemente" comencé a rodearme de personas afines a aquellos temas, quienes me instruyeron y guiaron dentro del rubro. Había escuchado acerca del fruto prohibido y el significado que este tiene para la humanidad. Si la información que conocía era errónea o no, no me correspondía juzgarlo, pero lo que sí sabía con certeza era que había una fuerte razón por la cual aquel "fruto" había sido prohibido. Un día, en una clase que tomaba en la universidad, el profesor nos pidió llevar una fruta. El objetivo era lograr comerla en 40 minutos, con los ojos cerrados, escuchando música suave. Sí, un ejercicio de meditación. Debíamos darnos cuenta de que, en realidad, nunca disfrutamos en su totalidad los momentos. Vivimos acelerados.
Inició la práctica. Todo el grupo hizo caso a las instrucciones. De pronto se sintió calma, se hizo el silencio. Los primeros minutos pasaron lentamente para mí. Sostenía una manzana con ambas manos, jugaba con ella, la olfateaba. Imaginé su sabor sin haberla probado, imaginé el crujido que haría al morderla. No lograba ir más allá de lo que ya conocía acerca de la manzana, y tampoco sentía que debía comerla aún. A ratos me animaba, luego me arrepentía de nuevo. No estaba lista. Al pasar unos quince minutos aproximadamente, dentro de mí todo obscureció, como si hubiera quedado ciega; a pesar de que sabía que podía abrir los ojos en cualquier momento, no quise hacerlo. Después, me vi a mí misma parada en el centro del salón, ahora vacío, y la manzana justo enfrente de mí, y crecía. La manzana se hacía cada vez más grande, hasta que se volvió gigante. Justo cuando estaba por acercarme, apareció quien había sido mi principal mentor en todo esto. Usaba una especie túnica negra que cubría casi todo su cuerpo, incluso la cabeza. Poco a poco, fueron apareciendo junto a él otros personajes vestidos de la misma manera. Parecían ser parte de un mismo gremio. De golpe, la manzana apareció en la mano del mentor, quien la extendía hacia mí. Recuerdo haber escuchado claramente su voz: "Ya es tiempo." Mientras yo tomaba la manzana, todos ellos comenzaban a levitar. Era como si la energía que ocupaba yo les ayudase a ellos en dicho acto. Fue hasta ese momento que mordí la manzana. Morderla me regresó al presente, y justo después, el profesor dijo que el tiempo se había agotado.
De los múltiples significados que esto podría tener,entendí que el más importante era que estaba lista para algo nuevo. Para mí, fue una forma de darme cuenta de que estaba preparada para dar otro paso. Era hora de darle entrada al conocimiento. Nadie más tuvo que decirme nada después de eso, lo que debía aprender fue llegando sin pedirlo. Todos tenemos acceso a todo tipo de información, sobre todo en estos tiempos. Sin embargo, cuando la información lo busca a uno y no al revés, ¿será por alguna razón? Cuando por fin abrí los ojos después de morder la manzana, me sentí físicamente distinta. No podría explicar cómo, distinta es la palabra pertinente. Yo sabía que no era el momento ni el público adecuado para compartir mi situación, pero muchos otros comentaban en voz alta acerca de lo que habían sentido o percibido al comer aquella fruta en un plazo de 40 minutos. El olor, las texturas, el sabor, el plano físico de la materia. Y el profesor miraba a todos, quería escucharlos. Inevitablemente, cruzó miradas conmigo como si esperara mi participación: "¿Alguien más quiere compartirnos su (prohibida) experiencia?"
Al entrar en contacto con las emociones, percibimos las cosas de manera diferente.
ResponderEliminar¡Efectivamente! Es interesante ver cómo cambia nuestra perspectiva conforme avanzamos en ese proceso.
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