Porter de la casa
Que la báscula subiera era lo peor que me podía pasar. Afirmación un tanto dura, pero no hay nada más cierto que eso. La obsesión con la que subía a ese aparato era —casi— enferma y, ¿les cuento algo? Solía temerle a la cerveza de una manera descomunal. Hoy lo digo sentada en una cervecería, yo sola, con mi tercer vaso servido y con todo el temor del mundo, pero sin detenerme de todas formas. Me escudo, tal vez, en que ahora sé beber. Igual... ¿a quién le importa? Ajá, no cambié tanto como parece, sólo recordé que no soy el centro del Universo (difícil para algunos, ¿no?). Si bien cada uno es el personaje principal en su propia historia, de cualquier forma sirve recordar lo insignificantes que somos. No me he pesado en años y nada ha cambiado, la verdad; la ropa me queda bien y, a ratos, no tanto, pero igual quepo ahí, en prendas que conservo desde hace mucho. Nunca he sido de ir de shopping , ni de probarme mil cosas, no soy esa persona. Luego me di cuenta de ...