Take me from this Heartless Land...
La alarma. Un recuerdo abrumador de que nuestra alcoba no es infinita. La hora, el momento que marca el inicio de otro día. Una hora para cada quién, un instante. El baño matutino, la transición entre el despertar y el sueño; el aroma del café y su efecto. Correr de prisa, entrar en el auto. Un puñado de ansias, eso es lo que somos. Un sinfín de individuos encolerizados desde el momento en que abrimos los ojos empezamos a vivir. Salir a la calle, al trabajo, a la escuela. Intentar transitar las grandes avenidas saturadas, las calles maltratadas; el caos representado en carne propia. Respirar ahí afuera es como estar encerrado en una pecera con gases y ruidos infames. Cientos de autobuses y enormes vehículos de carga restregándonos en la cara ese veneno negro que, tarde o temprano, acabará con todo lo que conocemos. Las personas que permiten que esto suceda, deberían ser amarradas de frente, con la nariz dent...