La noche de la tormenta
Corría el mes de agosto en sus últimos días. La situación del país era tenebrosa, cada vez más. Los lugares de resguardo eran escasos, las noticias se leían y escuchaban como cuentos de terror; las mañanas se habían convertido en un foro de comedia televisada, proveniente del alto mando, mientras que las calles se pintaban de rojo escarlata, día tras día. El pánico colectivo nos llevaba a actuar sin pensar, devolviéndonos a nuestro estado primitivo. Ni la tecnología, ni la ciencia, ni los académicos lograban comprender el retroceso mental que parecía infectar a la sociedad. Dadas las circunstancias, la misma Tierra se encontraba en un estado de fuerte depresión. Pensaba para sí que el mundo estaba tomando actitudes muy extrañas, como si no la quisieran. Muy pocas naciones la procuraban, mientras la gran mayoría parecía más bien querer envenenarla. Mi país —en el que yo habitaba, pues— formaba parte del grupo de sicarios del planeta, por supuesto. De hecho, era un gran foco...